Cuando entré a trabajar como auxiliar administrativa, iba a cubrir una licencia de maternidad: cinco meses, contrato fijo, algo temporal. En ese momento estaba formándome en psicología y no tenía absolutamente ninguna relación con el mundo tecnológico. Si soy completamente honesta, no tenía idea de qué hacía un desarrollador.
Recuerdo escuchar conversaciones sobre backend, frontend, lenguajes y arquitecturas, y sentir que estaban hablando en otro idioma. En ese momento, gestionaba tareas administrativas y miraba todo ese universo desde afuera. Hubo un momento en el que pensé que, simplemente, no había un lugar para mí ahí. Que ese no era mi mundo.
Pero algo en mí no se quedó cómoda con esa idea.
Siempre he sido juiciosa, estudiosa, de las que no se quedan con la primera respuesta. Y aunque no entendía el mundo tech, sí entendía algo: si quería crecer, tenía que hacer un esfuerzo consciente por aprenderlo.
Como mi rol era administrativo, tenía una vista privilegiada del proceso de selección. Veía cómo los reclutadores hablaban con candidatos, cómo levantaban perfiles, cómo traducían necesidades de los clientes en búsquedas concretas. No comprendía todavía el detalle técnico, pero sí entendía el proceso. Y decidí empezar por ahí.
En ese momento trabajábamos de manera presencial y eso fue clave. Me sentaba cerca del equipo de reclutamiento y preguntaba muchísimo. Interrumpía para que me explicaran términos, anotaba palabras que no entendía, pedía ejemplos reales. Era intensa, pero también profundamente comprometida con entender.
Nunca me hicieron sentir fuera de lugar. Me dieron contexto, me explicaron con paciencia, me señalaron por dónde investigar. Y yo hacía mi parte: llegaba a casa y estudiaba. Buscaba cada concepto. Leía sobre metodologías, sobre roles técnicos, sobre cómo funcionaban los equipos de desarrollo. Intentaba entender no sólo qué hacía cada perfil, sino por qué era importante.
Así cambié el chip y pasé de pensar “esto no es para mí” a decirme: “si voy a estar aquí, voy a hacerlo bien”. Entendí el proceso de selección con profundidad. Después empecé a comprender los perfiles técnicos; luego, el mercado, los desafíos de contratar en tecnología y la lógica detrás de cada stack. Cada día integraba algo nuevo.
Fue un proceso exigente. Requirió constancia, humildad para preguntar, disciplina para estudiar y mucha autocrítica. Pero también fue profundamente transformador. Mi formación en psicología, que al principio sentía distante del mundo tech, terminó convirtiéndose en mi diferencial. Porque mientras aprendía sobre tecnología, también afinaba mi capacidad de escuchar, de detectar motivaciones reales y de entender expectativas más allá del discurso técnico.
Hoy, cuando acompaño a una empresa en la búsqueda de talento o cuando hablo con un desarrollador sobre su próximo paso profesional, no solo veo un CV o un stack. Veo una historia, un momento de carrera, una necesidad concreta. Puedo traducir ambos mundos con criterio. Y no llegué aquí por casualidad, sino por decisión.
Entré por cinco meses pensando que era algo temporal. Pensé que ese mundo no era para mí. Y terminé construyendo una especialización a base de curiosidad, estudio y mucha dedicación.
Si algo me enseñó esta experiencia es que el crecimiento profesional no siempre es lineal, pero sí exige intención. A veces el lugar no aparece claro desde el principio. A veces hay que construirlo preguntando, aprendiendo y quedándose el tiempo suficiente para transformarse.
Y hoy puedo decir que no solo trabajo en reclutamiento técnico. Lo elegí. Lo estudié. Lo entendí. Y lo ejerzo con la convicción de quien decidió formar parte de un mundo que, al principio, le parecía ajeno.